domingo, 15 de septiembre de 2013

Fui a pegarme la espantada de mi vida.

Ese año pasaron muchas cosas en este país. Entre otras, Andrés y yo nos casamos.
Lo conocí en un café de los portales. En qué otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales: desde los noviazgos hasta los asesinatos, como si no hubiera otro lugar.
Entonces él tenía más de treinta años y yo menos de quince. Estaba con mis hermanas y sus novios cuando lo vimos acercarse. Dijo su nombre y se sentó a conversar entre nosotros. Me gustó. Tenía las manos grandes y unos labios que apretados daban miedo y, riéndose, confianza. Como si tuviera dos bocas. El pelo después de un rato de hablar se le alborotaba y le caía sobre la frente con la misma insistencia con que él lo empujaba hacia atrás en un hábito de toda la vida. No era lo que se dice un hombre guapo. Tenía los ojos demasiado chicos y la nariz demasiado grande, pero yo nunca había visto unos ojos tan vivos y no conocía a nadie con su expresión de certidumbre.
De repente me puso una mano en el hombro y preguntó:
-¿Verdad que son unos pendejos?
Miré alrededor sin saber qué decir:
-¿Quiénes? -pregunté.
-Usted diga que sí, que en la cara se le nota que está de acuerdo -pidió riéndose.
Dije que sí y volví a preguntar quiénes.
Entonces él, que tenía los ojos verdes, dijo cerrando uno:
-Los poblanos, chula. ¿Quiénes si no?
Claro que estaba yo de acuerdo. Para mí los poblanos eran esos que caminaban y vivían como si tuvieran la ciudad escriturada a su nombre desde hacía siglos. No nosotras, las hijas de un campesino que dejó de ordeñar vacas porque aprendió a hacer quesos; no él, Andrés Ascencio, convertido en general gracias a todas las casualidades y todas las astucias menos la de haber heredado un apellido con escudo.
Quiso acompañarnos hasta la casa y desde ese día empezó a visitarla con frecuencia, a dilapidar sus coqueterías conmigo y con toda la familia, incluyendo a mis papás que estaban tan divertidos y halagados como yo.
Andrés les contaba historias en las que siempre resultaba triunfante. No hubo batalla que él no ganara, ni muerto que no matara por haber traicionado a la Revolución o al Jefe Máximo o a quien se ofreciera.
Se nos metió de golpe a todos. Hasta mis hermanas mayores, Teresa, que empezó calificándolo de viejo concupiscente, y Bárbara, que le tenía un miedo atroz, acabaron divirtiéndose con él casi tanto como Pía la más chica. A mis hermanos los compró para siempre llevándolos a dar una vuelta en su coche.
A veces traía flores para mí y chicles americanos para ellos. Las flores nunca me emocionaron, pero me sentía importante arreglándolas mientras él fumaba un puro y conversaba con mi padre sobre la laboriosidad campesina o los principales jefes de la Revolución y los favores que cada uno le debía.
Después me sentaba a oírlos y a dar opiniones con toda la contundencia que me facilitaban la cercanía de mi padre y mi absoluta ignorancia.
Cuando se iba yo lo acompañaba a la puerta y me dejaba besar un segundo, como si alguien nos espiara. Luego salía corriendo tras mis hermanos.
Nos empezaron a llegar rumores: Andrés Ascencio tenía muchas mujeres, una en Zacatlán y otra en Cholula, una en el barrio de La Luz y otras en México. Engañaba a las jovencitas, era un criminal, estaba loco, nos íbamos a arrepentir.
Nos arrepentimos, pero años después. Entonces mi papá hacía bromas sobre mis ojeras y yo me ponía a darle besos.
Me gustaba besar a mi papá y sentir que tenía ocho años, un agujero en el calcetín, zapatos rojos y un moño en cada trenza los domingos. Me gustaba pensar que era domingo y que aún era posible subirse en el burro que ese día no cargaba leche, caminar hasta el campo sembrado de alfalfa para quedar bien escondida y desde ahí gritar: "A que no me encuentras, papá". Oír sus pasos cerca y su voz: "¿Dónde estará esta niña? ¿Dónde estará esta niña?", hasta fingir que se tropezaba conmigo, aquí está la niña, y tirarse cerca de mí, abrazarme las piernas y reírse:
-Ya no se puede ir la niña, la tiene atrapada un sapo que quiere que le dé un beso.
Y de veras me atrapó un sapo. Tenía quince años y muchas ganas de que me pasaran cosas. Por eso acepté cuando Andrés me propuso que fuera con él unos días a Tecolutla. Yo no conocía el mar, él me contó que se ponía negro en las noches y transparente al mediodía. Quise ir a verlo. Nada más dejé un recado diciendo: "Queridos papás, no se preocupen, fui a conocer el mar".
En realidad, fui a pegarme la espantada de mi vida.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Sin aviso.

Hoy cuando se levantó camino lentamente hacía la ventana.  Se encontró con otro mundo, totalmente distinto al que conocía por las tardes y las noches.  El cielo parecía estar acuñado por un hermoso dibujo de maravillas: se desplegaba de oriente a este un sol irradiante que invadía cada centímetro de su ser y un cielo tan cristalino que la ciudad se veía reflejado en él cuando se miraba fijamente hacia el cielo.

Cuando quiso mirar el reloj de la pared, se tomó dos segundos para ubicarse en ese microsegundo en el espacio terrenal en el que se encontraba ubicado: quiso habitar en su cuerpo y tomar noción del equilibrio corporal, pero se debilitó y su cuerpo se esfumo en ese instante. Retomó la vista, todo se tornaba de un nubloso invisible a una visión visible y apaciguadora respecto del lugar y caminó sigilosamente hacía la pared, reconoció los números y de pronto, olvidó leer el reloj y miró alrededor… No pudo distinguir qué eran los números y las flechas ubicadas dentro de ese objeto redondo con un marco, ese día supo que su vida cambió aunque no sabe sus direcciones. Supo ver que el cielo tornado era otro, que las raíces de los árboles florecían de algún lugar que no supo nombrar. Se frotó los ojos para corroborar si lo que veía era real, al darse el disgusto de su verdad prefirió cerrar sus ojos.

De pronto, por atrás de su espalda sintió una brisa fresca que le recordaba a un peculiar recuerdo que sí pudo contener en su mente pese a su desconocimiento actual de su situación, sabía que esa brisa le traería paz. Sabía que todo ese descontento del mundo nuevo, tenía su alivio en su mal estar.  Sintió una mano suave deslizarse en sus brazos y un aroma fresco que no pudo definir, sintió adentro de él, que estaba en casa. Y no tuvo la necesidad de darse vuelta a ver quién era la persona, solamente supo que con esas caricias, le devolvió la noción de las cosas y al abrir los ojos, despertó.  



La noticia de que era un sueño, le volvió el aliento a su corazón.  Supo que vio el Fin Del Mundo, y le gustó. 

viernes, 6 de septiembre de 2013

Indio toba no llorando aquel tiempo feliz, Pilcomayo y Bermejo llorando por mí; campamento de mi raza la América es, de mi raza de yaguareté es la América, es... Toba, dueño como antes del bagre y la miel, cazador de las charatas, la onza, el tatú. Toba, rey de yararás, guazapú y aguarás. El Gualamba ya es mío otra vez.

lunes, 5 de agosto de 2013

mentiras piadosas.

Cuando le dije que la pasión, por definición, no puede durar ¿Cómo iba yo a saber que ella se iba echar a llorar? "No seas absurdo -me regañó- esa definición nadie te la pidió asi que guárdatela, me pone enferma tanta sinceridad". Y asi fue como aprendí que historias de dos conviene a veces mentir que ciertos engaños son narcóticos contra el mal de amor. Yo le quería decir que el azar se parece al deseo, que un beso es sólo un asalto y la cama es ring de boxeo, que las caricias que mojan la piel y la sangre amotinan se marchitan cuando las toca la sucia rutina. Yo le quería decir la verdad por amarga que fuera, contarle que el universo era más alto que sus caderas, le dibujaba un mundo real no uno color de rosa, pero ella prefería escuchar mentiras piadosas. Y, cuando por la quinta cerveza, le hablé de esa chica que me hizo perder la cabeza estalló: "¿Vas a callarte de una vez, por favor?" Y asi fue como aprendí que historias de dos conviene a veces mentir que ciertos engaños son narcóticos contra el mal de amor. Yo le quería decir la verdad por amarga que fuera, contarle que el universo era más alto que sus caderas, le dibujaba un mundo real no uno color de rosa, pero ella prefería escuchar mentiras piadosas.

jueves, 1 de agosto de 2013

instrucciones para la obtención y el uso de la llave del amor: 

Según dicen algunos hay una llave que permite a su poseedor conseguir el amor de cualquier persona, no esta claro si se trata de un objeto de fabricación celestial o infernal. Se sabe eso sí, que esta guardado en algún lugar del barrio Del Dolor un distrito siniestro de donde nadie ha regresado jamás, la calle de la Desesperación es un corredor de neblinas que atraviesa el barrio. 
En cada una de sus esquina espera un vecino monstruoso. Éstas horribles criaturas dan noticia de la llave a cualquiera pero cobran muy caro su ayuda, el que consulta ha de pagar con años de su vida. Mientras más sabe uno, más cerca está de la muerta.