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jueves, 13 de octubre de 2011

El fantasma VI

-Le traje Las dos últimas páginas. Pero quiero decirle que todo sa-
lió mal.
Me pareció adivinarle una lágrima fantasmal.
—Lea. Lea lo que me ha traído.
—¿Para qué? A usted no le interesa.
—Esta noche sí. Lea.
Le leí la anteúltima página.
—El pensador de Flores Manuel Mandeb razonaba que un Paraí-
so general era absolutamente inapropiado para encontrar la dicha. Es
evidente que lo que hace la felicidad de unos promueve la desdicha
de otros.
En su extenso libro "Proyectos para la reforma del cielo", Mandeb
confiesa que la promesa del Edén se le convierte en amenaza, ante la
posibilidad de encontrarse allí con toda clase de sujetos desagradables.
También especula con la casi segura ausencia de sus mejores amigos.
Al cabo de una interminable serie de ejemplos, el hombre de Flo-
res se decide a postular que deben existir tantos paraísos como almas
que los merezcan.
Las objeciones son inevitables. Puede suponerse que ciertas dulces
presencias han de ser reclamadas en más de un cielo. Mandeb sugie-
re lisa y llanamente la creación de fantasmas cuyas conductas garan-
ticen la felicidad de cada bienaventurado.
-No está mal —dijo el fantasma.
—La flor no sirvió.
—Ya lo sé. Ella no lo querrá nunca.
—Usted hizo trampa.
—No. La flor fue inútil porque ella no es la Mujer Amada. Ade-
más usted no la necesita a ella. Usted necesita la flor. Usted es la flor.
Le arrojé en la cara la última página.
—Tome, ahora podrá entrar al cielo.
—No hay cielo ni hay infierno. Nunca volverá a ver a su padre
muerto. El amor no renace. La juventud no regresa. No hay milagros.
Los fantasmas no existen y este libro que soñamos no es más que un
fastidio de textos que otros pensaron.
—¿Quién es usted?
El fantasma me devolvió la última hoja,—Leé, leé para mí.
—Yo he soñado con un cielo. Contaré lo que vi en mi sueño, agre-
gando algunos goces que faltaban.
Me vi saliendo con mis amigos más queridos de la Universidad de
Salamanca. Don Miguel de Unamuno acababa de darnos clase, Ca-
minamos por un sendero arbolado. A cada instante nos saludaban se-
ñoritas maravillosas. Una de ellas nos invitó a una fiesta para esa
misma noche. Supe el nombre de algunos invitados: el hermano Pla-
tón, el hermano Shakespeare, el hermano Osear Wilde, el hermano
Miguel Ángel.
Al cabo de un rato comprendí que el paraíso estaba lleno de deli-
ciosos problemas. Que existía la incertidumbre y la esperanza y aun
el desengaño. Pero que todo asumía la más noble de sus formas.
Me crucé con mi tío Pedro Balbi, que manejaba el enorme auto de
mi abuelo Colombo. Iba a buscar a mi padre para ir al Hipódromo.
Supe que la noche anterior habíamos visto cantar a Carlos Gardel.
Ya cerca del despertar, al final del camino arbolado, me esperaban
unos ojos que ya no existen. Y entonces tuve la certeza de que ese era
el paraíso que Alguien había pensado para mí, el único posible.
El fantasma, llorando, se fue para siempre.

Novia


Hace mucho tiempo, yo tenía una novia buena y hermosa. Me
amaba con una devoción tal, que no pude resistir la tentación de
ser malvado. Me solazaba en la traición, en el capricho, en la im-
puntualidad, en la mentira gratuita.
Ella lloraba en secreto, cuando yo no la veía, pues sabía que su
llanto me irritaba. Pero un día, un incidente que ni siquiera re-
cuerdo me despertó el temor de perderla.
El amor crece con el miedo. Mi conducta cambió. Me fui ha-
ciendo bueno. Quise pagar el daño que había hecho y empecé a
vivir para ella.
Le hacía el amor en todos los zaguanes. Le cantaba valses de
Héctor Pedro Blomberg. La llevaba a pasear por los lugares más
hermosos del mundo. Le imponía aventuras inesperadas. Me hi-
ce sabio y generoso sólo para merecer su amor.
Pero un día me dejó.
—No te quiero más —me dijo, y se fue.
Supliqué un poco, sólo un poco, porque era bueno. Después
me puse a esperar la muerte sentado en un umbral.
Al cabo de un tiempo, aparecieron los celos. Pensé que segura-
mente me había dejado por otro. Decidí averiguarlo.
Indagué a los amigos comunes, pero todos afectaban un aire de
trabajosa indiferencia.
Resolví seguirla. Pasaba las noches acechando su puerta. Du-
rante el día, me apostaba en la esquina de su trabajo. El resultado
de mis pesquisas fue nulo. Mi novia se desplazaba por circuitos
inocentes. Perdí mi empleo, mi salud y hasta mis amistades. Mi
vida era una perpetua vigilancia.
Pasaron largos meses sin que nada ocurriera. Hasta que una
noche la vi salir de su casa con aire decidido.
Tuve el presentimiento de que iba a encontrarse con un hom-
bre, tal vez porque estaba demasiado linda.
La seguí entre las sombras y vi que se detenía en una esquina
que yo conocía bien. Me escondí en un portal. Ella se detuvo y
esperó, esperó mucho.
Cerca de una hora después, apareció un hombre alto, oscuro, soberbio. Algo familiar había en su paso. Ella intentó una caricia,
pero él la rechazó.
Inmediatamente comprendí que el hombre se complacía en
verla sufrir y amar al mismo tiempo. Se trataba de un sujeto dia-
bólico. Cada tanto, me llegaban ráfagas de una risa vulgar. No po-
día concebirse un individuo más vil y detestable.
Caminaron. Tomaron un rumbo que no me sorprendió.
Al llegar a la luz de una avenida, pude ver que aquel hombre
era yo. Yo mismo, pero antes. Con el desdén cósmico que tanto
me había costado borrar del alma, con la maldad de mis peores
épocas. Con la impunidad de los necios.
No pude soportarlo. Pensé en cruzar la calle y pegarme una
trompada, pero me tuve miedo. Quise gritar, ordenarme a mí
mismo dejar tranquila a aquella muchacha. Pero el imperativo no
tiene primera persona y no supe qué decirme.
Se detuvieron un instante y pasé delante de ellos. Ella no me
vio. Yo sí me vi. Me miré con un gesto de advertencia.
Después los perdí de vista y me quedé llorando.

Tranvía


Tal vez fue en Villa Urquiza. Manuel Mandeb venía vaya a sa-
ber de dónde. En cierto momento, al llegar a un empedrado se
encontró con los rieles del antiguo tranvía.
No es posible saber qué silogismos se trenzaron en su cabeza.
El caso es que se detuvo en una esquina y se puso a esperar.
Ya era tarde. Pasaron horas. Un paseante curioso se le acercó.
—Lo veo desorientado ¿Puedo ayudarlo?
—No, gracias. Estoy esperando el tranvía.
El hombre le informó que hacía muchos años que ya no pasa-
ban tranvías por allí.
—No importa. Esperaré.
Cada tanto se asomaba hasta el medio de la calle y un poco
agachado escudriñaba el horizonte.
A veces caminaba algunos metros por la calle lateral, hasta que
súbitamente volvía corriendo a la esquina, temeroso de que el
tranvía apareciera justo en medio de sus modestas excursiones.
Más tarde, recordó que en este mundo las cosas se demoran
cuando perciben que son esperadas. Resolvió ejercer el disimulo
mirando en todas direcciones menos en aquella por la que podría
aparecer el tranvía.
Llegó el amanecer. Vecinos madrugadores le sugirieron la con-
veniencia de tomar el colectivo 107 pero Mandeb ya había toma-
do una decisión.
Durante la mañana, hizo algunas amistades ocasionales. El
tránsito era un poco más denso, lo que lo obligaba a prestar más
atención.
Llegó la tarde y otra vez la noche. En verdad pasaron muchos
días. Por momentos Manuel Mandeb sentía que su fe se quebran-
taba. Muchas veces sintió la tentación de optar por otros medios
de transporte que se le ofrecían seguros, concretos, convincentes.
Pero él esperaba el tranvía.
Las gentes del lugar le cobraron cierta simpatía y le convidaban
pan y vino. En cierta ocasión fue a comprar cigarrillos y al volver
pensó que tal vez en su ausencia el tranvía había pasado. Algunas
personas le aseguraron que no, pero un hombre que espera tran-
vías no confía en nadie.A veces se engañaba con luces prometedoras que finalmente
eran el desengaño de un camión. A veces sentía que el momento
estaba cerca y hasta llegaba a contar las monedas.
Nadie puede saber cuándo sucedió. Pero una noche, en el fon-
do de la calle apareció una luciérnaga. Y luego se oyó un llanto
mecánico. Poco después, amarillo y reluciente, un hermoso tran-
vía se detuvo frente a Manuel Mandeb. Desde el interior, un guar-
da fantasmagórico lo miró como convidándolo.
Mandeb permaneció quieto unos instantes y luego, sin decir
nada, se alejó caminando lentamente. Un rato más tarde subió en
un taxi y con voz firme ordenó:
—Artigas y Arangure.



A. Dolina


Sos el mejor del mundo, tus textos son mi mundo. Tus misterios, mis deseos. Te idolatro.